Donde el cactus es una piedra más de los caminos y reverbera el sol y la noche es irradiada por estrellas que parecen caer sobre la blancura de los jazmines que pueblan mis recuerdos, allí empecé a soñar.Soy un latido más de una ciudad que es un corazón, dos cielos me cubren, el propio y otro que el amor me ha dado: Sevilla, una ciudad pasión y melodía.Escritora de muchas letras que no siempre tal vez son leídas, pero escritas con mucho corazón, con ellas edifiqué estas vendimias, anhelando encontrar la mejor cepa y recoger la cosecha más selecta.Soñadora, edificadora de utopías, romántica, idealista y otras circunstancias desfasadas, no me importa, ¡Escribir es mi pasión!

jueves, 12 de septiembre de 2013

Tañer de campanas






A esa misma hora, la campana de la iglesia repicaba sus campanadas anunciando misa, eran tres y el eco de la última quedaba flotando en el aire, resonaba en mis oídos durante unos minutos. Siempre que escucho el tañer de una campana me invade un sentido de reminiscencia y sin notarlo apenas, se evade mi mente llevándome en alas de épocas pasadas desfilando ante mis recuerdos, la campana de la escuela, la vieja campana de la iglesia colgada de un cajuil, misma que muchas veces tocaba a hurtadillas, para luego bordear corriendo la orilla, tratando de evitar el regaño.
Volví a la realidad justo cuando el último instante del sonido se esfumaba, continué caminando bajo el sol de la tarde septembrina, preludio de otoño se notaba en brisa que azotaba suavemente la copa de los árboles, pisaba mientras caminaba, las hojas amarillentas que iban amontonándose al borde de la calle.
Abstraída en mis añoranzas, haciendo un paréntesis miré hacia el cielo y me di cuenta en sus colores de que el azul se desteñía, miraba a mi alrededor el verde de las hojas que tomaba tintes ambarinos y el sol a lo lejos, decayendo casi, se refugiaba entre rayos cobrizos.
 Sorprendida, como si en ese mismo momento me hubiera percatado del cambio, me dije que el tiempo nos llevaba a la deriva de la vida, nos zarandeaba de tal manera, que de repente al darnos cuenta de su avance, nos miramos al espejo, recogiendo en la imagen, las huellas de su paso, que muchas veces, no son tan profundas, como los surcos que va dejando abiertos en el alma.

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